Muchos saben que en mi adolescencia estudié un par de años abogacía, pocos que las materias que más disfruté fueron lógica y filosofía (del derecho pero filosofía al fin).
Pienso que ahí mi personalidad se podría definir precisamente en el puente entre lógica y filosofía… Pero también me pasó algo particular con Ciencias Políticas.
Fue interesante conocer el concepto de poder, los orígenes de la división de poderes, sistemas y procedimientos, pero nada mejor que haber leído El Príncipe de Nicolás Maquiaveelo:
“Haga, pues, el príncipe lo necesario para vencer y mantener el estado, y los medios que utilice siempre serán considerados honrados y serán alabados por todos”
“Si bien el príncipe debe persuadir al pueblo, convencerlo, también debe emplear la fuerza, porque cuando ya no le crean se le puede hacer creer por la fuerza”
Así entendí que el poder unipersonal corrompe por naturaleza a las personas y que los sistemas políticos se han construido sobre la base del poder (con el objetivo de obtenerlo y detentarlo) prácticamente desde su concepción.
También entendí la finalidad primera y última de quienes estudian la política desde instituciones, o al menos el objetivo de sus programas académicos.
El Estado puede hacer prácticamente lo que se le de la gana con las personas, las garantías constitucionales son más volátiles que bitcoin y la seguridad jurídica puede ser nula, dependiendo el contexto.
Más de una vez me han dicho la política está inmersa en todo, intentando que uno acepte sin lugar a dudas los sistemas políticos vigentes (o peor aún, que serán algo eterno entre nosotros).
Siempre me rehusé a aceptar lo que consiero injusto. Pienso que la verdadera política solo existió en su origen, donde las decisiones se tomaban de manera directa en asamblea.
Claro, en su momento me decían “buenísimo Matías pero somos miles de millones y retomar ese concepto es imposible”. Diez años después apareció la tecnología blockchain que permite la toma de decisiones libres, transparentes y de manera directa.
No es universal, como tampoco lo es el sistema de votación tradicional.
En algún momento me rehusé a votar porque no existía manera de comprobar el escrutinio y que no ocurra fraude electoral. La gente me trataba de loco y eso me ponía contento: no hay cambios sin locura.
Pienso que blockchain nos va a regalar -tarde o temprano- la posibilidad de aumentar el poder individual y colectivo, modificando la estructura de poder inmersa en los sistemas políticos actuales, y acercándonos a una política, en principio, menos centralizada.
¿Alguna vez pensaste cuánto confiás en el Estado, cuánto en Bitcoin y cuánto en las personas?
¿Crees que en 10, 20 o 30 años la gente va a seguir tolerando que los gobiernos hagan lo que se les de la gana?
¿O que la acumulación de riqueza y la libertad que ofrece Bitcoin, motivará a que las personas exijan lo mismo que les ofrece la descentralización?
Comparto estas ideas para leer su feedback: interacción > discursos
